Fuiste la razón de aquella carcajada y eres la razón de mis actuales lágrimas.
Fuiste la razón por la que dejé todo y eres la razón por la cual lo perdí.
Fuiste aquél rubor que subió a mi mejilla y eres el enrojecer de mi rencor.
Fuiste la hierba fresca en la que descansé y eres el pasto secó que incineraré.
Fuiste el cálido sol de verano y eres de hielo un témpano.
Fuiste tan sólo un amor y ahora eres mi gran repulsión, aún no sé como pudiste y aún no sé como lo mantuviste, pero en estos, cada vez, más fríos días de otoño te devuelvo la jugada y te lanzo desde el último piso de mi corazón para que aterrices en el fondo de la desesperación y te quedes ahí mientras encuentro la forma de deshacerme de tu recuerdo y deshacerme de este tormento.
Cinco veces en ti confié y cinco veces tú traición la soslayó para perderte nuevamente en la infinidad de la humanidad que te abraza y abriga, que te mantiene y convence de no madurar, de no verme vencer y de no saber que de amor no puedo morir.
Mil veces contigo pasé y mil arrepentimientos luego viví, más ahora no deseo ni tal o cual, sólo borrar lo que tanto daño me hace y sacar de mi mente más absurdas promesas de tu supuesto querer.
Ya no mantienes el fuego encendido en mí y ya no existe la posibilidad de volver a tu atrofiado amor, destruiste cada gota de pasión por ti y libraste las de mi cerebro que reacio aceptó, por lo que tu aroma no revolucionará más sueños y tu figura no causará otro estremecimiento desde mi interior.
Tu nombre flechado en fuego se borra con las lágrimas que caen de mis ojos a los tuyos y que llenan tu corazón, pero inundan mi ilusión; tú nombre flechado en sangre inhala mi pulmón y lo convierte en diadema cortante que rompe desde mi interior, más no me volverás a ver llorar y no volverás a mi corazón estorbar.
Fuiste la razón por la que dejé todo y eres la razón por la cual lo perdí.
Fuiste aquél rubor que subió a mi mejilla y eres el enrojecer de mi rencor.
Fuiste la hierba fresca en la que descansé y eres el pasto secó que incineraré.
Fuiste el cálido sol de verano y eres de hielo un témpano.
Fuiste tan sólo un amor y ahora eres mi gran repulsión, aún no sé como pudiste y aún no sé como lo mantuviste, pero en estos, cada vez, más fríos días de otoño te devuelvo la jugada y te lanzo desde el último piso de mi corazón para que aterrices en el fondo de la desesperación y te quedes ahí mientras encuentro la forma de deshacerme de tu recuerdo y deshacerme de este tormento.
Cinco veces en ti confié y cinco veces tú traición la soslayó para perderte nuevamente en la infinidad de la humanidad que te abraza y abriga, que te mantiene y convence de no madurar, de no verme vencer y de no saber que de amor no puedo morir.
Mil veces contigo pasé y mil arrepentimientos luego viví, más ahora no deseo ni tal o cual, sólo borrar lo que tanto daño me hace y sacar de mi mente más absurdas promesas de tu supuesto querer.
Ya no mantienes el fuego encendido en mí y ya no existe la posibilidad de volver a tu atrofiado amor, destruiste cada gota de pasión por ti y libraste las de mi cerebro que reacio aceptó, por lo que tu aroma no revolucionará más sueños y tu figura no causará otro estremecimiento desde mi interior.
Tu nombre flechado en fuego se borra con las lágrimas que caen de mis ojos a los tuyos y que llenan tu corazón, pero inundan mi ilusión; tú nombre flechado en sangre inhala mi pulmón y lo convierte en diadema cortante que rompe desde mi interior, más no me volverás a ver llorar y no volverás a mi corazón estorbar.
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