Es extraño, es un deseo irrefrenable de olvidar, de sentir miedo, de no volver a ver la luz del sol y de ver como el mundo se destruye junto con mi interior. Es más extraño aún pensar que la vida nos tiende la mano y que la muerte libera nuestra vista, que seguimos ciegamente los caprichos forzados de la vida hasta que un relámpago ilumina nuestros caminos, hasta que el destino recolecta las experiencias que produjo y la mente se abre a un nuevo sendero.
Durante el velo de una triste noche aquella extrañeza desaparece, bajo la luna llena los temores desaparecen y la muerte se vuelve tan fría como quién siente aquellos temblores al pensar en la vaga idea de dejar este mundo y pasar a aquél que desconoce. Ver la civilización en su grandeza es el sueño bajo la luna y las estrellas guían mi mente hacía aquellos pensamientos que nublan mi sed y devienen en contradicciones. Aquella luna llena siempre me recuerda lo feliz que fui mientras aún vivía, lo feliz que me sentía cuando era mi propia sangre la que se transportaba a través de mis venas y arterias, que mi sangre era la que inyectaba un corazón palpitante por un amor inconstante. Un fuerte deseo de volver a vivir y dejar esta vida de tinieblas y soledad abarca mucho más que la luz que transmite el blanco astro durante la noche de mi consternación.
Buenos momentos existieron durante aquella época, momentos que durante el resto de mi vida quisiera olvidar, un olvido irrefrenable que me bloquea y libera sólo una noche al mes.
En mi hogar, caminando de aquí para allá antes que él entrara, antes que él me solicitara y me diese una nueva vida... Antes que aquél asesino golpeara mi corazón y robase mis recuerdos, mis momentos y mis deseos.
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