Cien minutos de soledad me sirvieron para recompensar mentalmente el daño que te hice o pude provocar... El miedo se apoderó de mi cuerpo al instante en que tus ojos indagaron en la verdad, y aún así no te lo pude confesar, aún así la delicadeza del dolor me administró aquello que no sólo no podemos guardar, sino que además no podemos revelar.
Te mentí, me mentí, al final los dos nos convertimos en los cómplices de aquél enredo... Tú y tu ambiguedad, tu envío erróneo de información que trabaja sobre mi piel, y yo con mi eterna complicación, suministra de toda confusión; no quiero dejarte ir, pero tampoco quiero más de tu sombra en mi pradera que aunque, atardecida y marchita, te regala las manzanas que en el corazón guardaras... Dos motivos para no saber de ti me bastarían para dejar de quererte y aun así, la infranqueable dominación que posees sobre mi adoración harían desistir en mi invitación.
Déjame más allá de la cordillera, déjame cercano al mar, déjame al lado de los papeles que siempre se escriben y las cartas de amor que nunca llegan, déjame al lado del basurero que compartes con los recuerdos y déjame en solitario para así pensar y extrañar tu cuerpo y tu olor que embriagaban mi vocación al escuchar las canciones sobre tus hombros y por sobre todo que impedían que mi corazón resbalara y bajara más allá de aquél puñal que erguido se mantenía bajo la mirada expresa de nuestros carceleros en la fiesta del batallar.
Tú sombra no me dejará ver el sol que ilumina nuestro camino, sino que me esconderá de las llagas que, en mi infantil vida, penetran en tus brazos y piernas para así no ser las muestras visibles de doscientos golpes atrás. Pasarás por mi cadáver al sentir nuevo olor y pasarás de mi amor cuando acabe el dolor, pero no pasarás de los profundos océanos que mis lágrimas dejaron en tu corazón.
Te mentí, me mentí, al final los dos nos convertimos en los cómplices de aquél enredo... Tú y tu ambiguedad, tu envío erróneo de información que trabaja sobre mi piel, y yo con mi eterna complicación, suministra de toda confusión; no quiero dejarte ir, pero tampoco quiero más de tu sombra en mi pradera que aunque, atardecida y marchita, te regala las manzanas que en el corazón guardaras... Dos motivos para no saber de ti me bastarían para dejar de quererte y aun así, la infranqueable dominación que posees sobre mi adoración harían desistir en mi invitación.
Déjame más allá de la cordillera, déjame cercano al mar, déjame al lado de los papeles que siempre se escriben y las cartas de amor que nunca llegan, déjame al lado del basurero que compartes con los recuerdos y déjame en solitario para así pensar y extrañar tu cuerpo y tu olor que embriagaban mi vocación al escuchar las canciones sobre tus hombros y por sobre todo que impedían que mi corazón resbalara y bajara más allá de aquél puñal que erguido se mantenía bajo la mirada expresa de nuestros carceleros en la fiesta del batallar.
Tú sombra no me dejará ver el sol que ilumina nuestro camino, sino que me esconderá de las llagas que, en mi infantil vida, penetran en tus brazos y piernas para así no ser las muestras visibles de doscientos golpes atrás. Pasarás por mi cadáver al sentir nuevo olor y pasarás de mi amor cuando acabe el dolor, pero no pasarás de los profundos océanos que mis lágrimas dejaron en tu corazón.
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